El otro día me dice una amiga que está premenopausica:
- ¿A ti no te han dado las calores?
Me explica un poco cómo fue lo suyo, y de pronto caigo:
- Eso me pasó a mi, pero yo pensaba que era alergia a una cerveza artesanal.
Pues sí que me dieron "LAS CALORES", dos veces, se me quemaron los ojos, parecía un koala.
La segunda vez, como vi que me venía otra vez la alergia, me puse paños con agua fría, como cuando nos quemábamos al volver de las piscinas de pequeños, y las madres no os ponían paños de agua fría con vinagre.
Fin del comunicado, no recuerdo nada más de sofoco, ni calores, de hecho yo siempre decía que no, pero también le tenía miedo a las cervezas artesanales.
A partir de ahora me pido las que quiera y puedo decir que sí, que a mí me dieron dos sofocos.
Y es que soy muy bruta para todo, hasta para que me venga la menopausia, sale la última célula germinativa, a gran velocidad se convierte en óvulo, por supuesto no fecundado, hubiera sido la hostia que pariera la abuela, acto seguido se me queman los ojos, pagamos la cuenta y para la casa.
En el ascensor ya tenía cara de koala.
No fui al médico, Nivea de la lata azul, que es lo único que en pandemia me permitió quitarme las quemaduras que hacía la mascarilla.
A partir de ahí los pellejos colganderos están por todas partes, si tú no te los ves, es porque necesitas gafas.
No importa que seas hombre o mujer al final los pellejos colganderos, a partir de los cincuenta, cuando se va la el colágeno, vienen para quedarse.
Pellejo corganderos por fuera y por dentro, todos vemos las orejas como cuelgan, podemos imaginar lo que no vemos.
En esto parece que los hombres como no tienen un hecho fronterizo, como la menopausia, no terminan de creerse que son viejos.
No hay nada más que ver tus orejas y tu nariz, compararlas con las fotos de cuando eras bonico.
El barranco decía que los perrillos de chiquitillos todos son bonicos, refiriéndose a la juventud, y yo tengo que añadir que de viejos no hay ninguno que conserve nada, por mucho que digan eso de que la que tuvo retuvo.
Y una vez que se te acaban las células germinativas, empiezas a disfrutar mucho más de la comida.
Hay que cuidarse si si, con cremitas si, y hacer todo lo posible sí, para retrasar lo inevitable sí, pero sobre todo hay que aceptarse.
Recuerdo cuando bailaba flamenco con mis bolitas chinas, ahora me cuesta la misma vida agacharme por un boli del suelo.
¡ A PARTIR DE LOS CINCUENTA, BATACAZO!
Y es que aunque yo vea un tío deportista por la calle de mi edad, pienso ¡qué tío más deportista! Y cuando lo miro fijamente con mis gafas...
Y a mí me gusta lo viejo que conste, que siempre hemos llamado a mi madre la vieja, somos del PDV y no ha pasado nada.
Mi vieja ya era mi vieja cuando tenía yo doce años imagínate, lo viejo mola, pero solo si por dentro tiene algo interesante.
Qué te queda, qué te queda, qué te queda, si solo tienes pellejos colganderos y ni para reírte vales.
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