viernes, 5 de agosto de 2016

MORRIÑA

El inconformismo es necesario para crecer, pero también la resignación. Todo es necesario en su justa medida si quieres vivir tranquilo. 

Conozco personas que hacen la misma vida desde que nacen hasta que mueren. Trabajan, no salen de su barrio, mucho menos de su ciudad,  si lo hacen van al mismo sitio de vacaciones cada año, no aprenden nada, no crecen. Sus años transcurren resumidos. Necesitan una inyección de inconformismo para reactivarse y vivir más.

Otros, a pesar de hacer muchas cosas, de estar metidos en cincuenta mil proyectos diferentes, de estudiar cada año algo nuevo... viven con una inestabilidad tan grande en su interior que solo una inyección de resignación podría curarles.

¿No os ha ocurrido que una persona con el pelo precioso y rizado, reniega y se echa de todos los potingues del mundo, abrasándoselo,  porque no está conforme con su imagen y quiere un pelo lacio?

Otras no: - ¡Envidia de mi pelo!

¿Se puede luchar contra uno mismo?

Mi ciudad es pequeña, es sucia, es un pueblo agotado por el inconformismo, desde pequeños los niños escuchan eso de:

-          Tenía que caer una bomba que ardiera la ciudad entera desde El Castillo al Políogono.

Ahora en nuevas versiones, se escucha hasta el Boulebar.

Yo misma odio mi casa, o la odiaba, pero al ver cual es la reacción de otras personas cuando están en ella me hace dudar¿Qué tiene mi casa que gusta?

Estoy aprendiendo a quererla. Ella me da independencia, la convivencia es pacífica aquí gracias a su espacio, la intimidad es para todos. Al mismo tiempo es un lugar de encuentro de reunión, es un nido grande donde caben todos.  Gracias a mí, está en continuo cambio, por mi culpa, por mi inconformismo, pero la verdad es que es un lugar hecho para vivir.

Está adaptada al medio, tengo agua caliente por el sol,  paso frío todas las noches cuando duermo en mi terraza y busco el calor de su chimenea en invierno.

¡Más bonita no puede ser una casa! Está en el centro y sus sonidos son de pueblo, campanas, gatos y algún que otro vecino cantando.
Bueno, esta noche han visto los niños una rata y andan gritando como locos, pero es divertido para ellos.

Debo aprender a quererla porque es mía, como debo aprender a querer a mi ciudad y al trabajo que me da de comer.

Además, claro está, este próximo curso seguiré aprendiendo, viajando y trabajando en mis proyectos, los iniciados y los nuevos. Seguiré resolviendo cosas y metiéndome en líos.

A diario necesitaré con un poquito de resignación, para evitar ser un ser atormentado, triste y con una vida que odia a pesar de lo preciosa que es.

Tengo unos hijos maravillosos, que están crecido cada día, una familia que está siempre que se la necesita, unos amigos fantásticos, de verdad que no los merezco y un chico que me inyecta a la fuerza un poco de realismo pero que al mismo tiempo me lanza para que vuele como un autillo que vimos ayer que dieron la libertad en el río.

Fuimos a los Cañones, a nueve minutos de la ciudad. Alucinante para los ojos que nunca lo vieron. Nadamos en el Chilanco el Civil y volvimos al refugio que me arropa cada noche, mi casa, esta torre de marfil, cada día más mía.

En ocasiones me pregunto ¿Qué pasará cuando deje mi casa?

Nada, que quedará hecha, para el que venga. Yo quiero hacer muchas casas, quiero seguir construyendo, aprendiendo, viviendo, viajando, follando, comiendo... todo para mí es igual de necesario para ser feliz.

Tengo morriña de no tenerte esta noche aquí, ni mañana, mucha, pero solo gracias a ella, escribo.

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